¿Cambio de planes?

Cuando ya teníamos un proyecto más o menos definido de lo que pensábamos que iba a ser nuestra celebración del Año Jubilar con el que nos preparábamos para dar gracias a Dios por nuestros 100 años de fundación viene esto y… ¡cambio de planes!

¿Cambio de planes? No, en realidad no.

El plan ―el del Señor―, fue desde el principio el que encontramos escrito bajo los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que preside nuestro claustro:

Alegraos en mi corazón,

seguros de que, de cuanto haga en vosotros

sacaré mi gloria y vuestra santificación.

Nosotras imaginábamos que su gloria iba a salir quizá de la oportunidad de poder compartir con todos los que se acercaran a nuestro Monasterio en este Año Jubilar, lo que el Señor a lo largo de estos 100 años ha ido haciendo en este lugar. Nuestro deseo era proclamar sus maravillas, celebrar su Misericordia y ser testigos de cómo el Corazón de Jesús cumplía su promesa de bendecir y saciar a todos los que se acercaran a beber de la fuente inagotable de su Costado traspasado.

Y resulta que… ahora nadie se puede acercar hasta Cantalapiedra.


¿Cambio de planes? No. Como dice la escritura: “Los proyectos de su corazón se cumplen de edad en edad” (Salmo 32).

Ahora nos toca cumplir esos proyectos del Señor a su estilo.

No nos corresponde saber el porqué, pero Jesús sí espera de nosotras que nos alegremos en su Corazón, con la plena confianza puesta en que, de todo esto que está pasando, Él va a sacar su gloria y la santificación de muchas almas.

Más que nunca el Señor nos ha puesto delante con una claridad deslumbrante nuestra misión.

Vemos a nuestro pueblo luchar y padecer y entendemos que a nosotras nos toca ocupar nuestro puesto, junto a la Fuente de la Vida, para ser cauces a través de los cuales llegue la fuerza, la esperanza, la paciencia, el consuelo… a tantos como lo necesitan.

Solo queremos deciros que estamos ante el Señor, con los brazos levantados hacia Él, y sintiendo que no estamos ahí por nosotras sino por todos. Desde el Corazón de Cristo estamos al lado de las camas de los enfermos a los que otros no pueden velar, desde ahí queremos abrir las puertas del Cielo a los que dejan este mundo, desde ahí deseamos acompañar y sostener los brazos cansados de los que se agotan sirviendo a sus hermanos, desde ahí queremos llenar de compañía y sentido las soledades tristes.

Tenemos la inmensa gracia de poder celebrar la Eucaristía, de poder comulgar, de poder estar en adoración ante el Santísimo expuesto: nos gustaría deciros que con nosotras estáis todos y cada uno.

Todas las noches, de sabados a domingos, tendremos el Santísimo expuesto (D.m.) para permanecer ante Él, pidiéndole que llegue a todas las almas que desearían recibirle sacramentalmente en el Día del Señor y no podrán por las circunstancias.

Nuestro lugar es este, nuestra vocación es esta, para esto fundó el Señor este Monasterio hace 100 años: para que, como María, estemos al pie de la Cruz, recogiendo la Vida que brota como manantial del Corazón traspasado de Cristo y hacerla llegar a todos los que tengan sed. Y vemos que el torrente se nos desborda de las manos, convirtiéndose en un río que cada vez se hace más caudaloso y que, como en la visión de Ezequiel (47), va haciendo crecer árboles medicinales a sus orillas hasta acabar llegando al Mar Muerto para sanear esas aguas y llenarlas de nueva vida. ¿Qué mejor manera para vivir la gracia del Año Jubilar?

“El que tenga sed que venga a Mí” ha dicho el Señor. Pero para el que no pueda venir, Jesús irá a él.


Centenario de la Fundación

Un Corazón vivo y palpitante, hoy

           

            Son ya cien años de camino recorrido en la casa del Sagrado Corazón, y no son cien años de una presencia estática, invariable, sino que, al ser una historia escrita por la mano de Dios, Él hace que esté viva, llena de ilusión y de amor, y repleta de sorpresas, de nuevos caminos que a veces no comprendemos enseguida, y en los que descubrimos el incansable deseo del Corazón de Jesús de buscar una y otra vez maneras nuevas de acercarse al hombre de hoy.

  Muchas cosas en esta comunidad son diferentes hoy a como eran en sus inicios, y también ha habido muchos cambios en la Iglesia y en la sociedad en los últimos cien años, pero más allá de las formas, y de las circunstancias de cada época, lo esencial permanece inmutable, y es lo que da sentido y orientación a este lugar: el Amor desbordante del Sagrado Corazón de Jesús por todos y cada uno de los hombres. Ha sido este Amor el que nos ha concedido a cada una de nosotras, religiosas de esta casa, el privilegio inmerecido de ser llamadas a ser sus esposas y a seguirle ofreciendo nuestras vidas, unidas a la Suya, por el mundo tan necesitado de Dios.

           

            Él sigue atrayendo -a menudo por caminos insospechados- a muchas almas a que vengan a la casa de su Sagrado Corazón a beber del torrente de gracias que brota de su costado. Nosotras tenemos el gozo de ver como numerosas personas (sacerdotes, religiosos, laicos, familias, grupos de parroquias o de movimientos), llegan hasta aquí y experimentan personalmente la cercanía del Corazón de Jesús, su derroche de gracias, y el don de su perdón y su paz. Y también sigue atrayendo a nuevas hermanasa consagrarse a Él, buscando ser descanso y recreo de su Corazón, y entregando su vida especialmente por la santificación de los sacerdotes y de las almas consagradas, como fue el carisma especial de nuestra madre María Amparo.

 “He querido y quiero manifestar en vosotras  
lo que puedo hacer en pobres y débiles criaturas cuando obro en ellas
No temáis; alegraos en mi Corazón,
seguras de que, de cuanto haga en vosotras, sacaré mi gloria y vuestra santificación”