Clara de Asís, un alma enamorada… y jubilosa

        Sin t+¡tulo    El “júbilo” de santa Clara va mucho más allá de la alegría que recibe quien se entrega por completo al Señor. Podríamos decir que el ser de santa Clara como alma enamorada y jubilosa forma parte de la llamada que el Señor le hace, de su vocación en la Iglesia. Pueden  ayudarnos a entenderlo las palabras que el Papa ha dirigido recientemente a los jóvenes con ocasión de la convocatoria para la XXXI Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia, explicándoles -explicándonos- cuál es el sentido de un jubileo. Nos dice el Papa:

            Quizás alguno de ustedes se preguntará: ¿Qué es este Año jubilar que se celebra en la Iglesia? El texto bíblico del Levítico25 nos ayuda a comprender lo que significa un “jubileo” para el pueblo de Israel: Cada cincuenta años los hebreos oían el son de la trompeta (jobel) que les convocaba (jobil) para celebrar un año santo, como tiempo de reconciliación (jobal) para todos. En este tiempo se debía recuperar una buena relación con Dios, con el prójimo y con lo creado, basada en la gratuidad. Por ello se promovía, entre otras cosas, la condonación de las deudas, una ayuda particular para quien se empobreció, la mejora de las relaciones entre las personas y la liberación de los esclavos.

            Jesucristo vino para anunciar y llevar a cabo el tiempo perenne de la gracia del Señor, llevando a los pobres la buena noticia, la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos y la libertad a los oprimidos (cfr. Lc 4,18-19). En Él, especialmente en su Misterio Pascual, se cumple plenamente el sentido más profundo del jubileo. Cuando la Iglesia convoca un jubileo en el nombre de Cristo, estamos todos invitados a vivir un extraordinario tiempo de gracia. La Iglesia misma está llamada a ofrecer abundantemente signos de la presencia y cercanía de Dios, a despertar en los corazones la capacidad de fijarse en lo esencial. En particular, este Año Santo de la Misericordia «es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre».

            Así, según lo que dice el Papa del tiempo jubilar, podemos entender también los “lugares jubilares” como lugares de gracia donde se nos invita a participar de esta realidad, e incluso aventurarnos a hablar de existencias jubilares, de personas que viven así: jubilosamente. Tal es el caso, ‘clarísimo’ por cierto, de santa Clara. Ella, como san Francisco, vive esa buena relación con Dios, con el prójimo y con lo creado, basada en la GRATUIDAD. En su manera de vivir la pobreza como “sin propio” vemos esa gracia recibida de Dios y restituida en agradecimiento, que la hace libre de ataduras temporales que corren el riesgo de hacer perder el fruto más preciado, pues, nos dice ella misma, “en la medida en que se ama algo temporal se pierde el fruto de la caridad”.

            La vida de Clara fue para sus contemporáneos y sigue siendo hoy para nosotros “buena noticia”. Desde la clausura de San Damián brilla como antorcha luminosa, y quienes acuden a ella en busca de consejo o ayuda encuentran luz y salud de alma y de cuerpo.

            Pero el argumento definitivo por el que afirmamos que santa Clara es en este sentido un alma jubilosa, es por su configuración íntima y total con el Misterio Pascual de Cristo, en el que se cumple plenamente el sentido más profundo del jubileo. Ella vive su vida como tiempo de gracia del Señor, y en su nombre, en la Iglesia, se siente llamada a ofrecer abundantemente signos de la presencia y cercanía de Dios, y sin duda el testimonio su vida despierta en los corazones la capacidad de fijarse en lo esencial.

            ¿No es un ideal precioso? Pues nosotras, sus hijas, hemos sido llamadas a seguir haciéndolo presente en el mundo. Éste es para nosotras un año redondo: año jubilar de la Misericordia, con nuestra iglesia como templo jubilar… Ojalá seamos ‘clarísimamente’ hijas de nuestra santa madre. Por favor, si no ‘olfateas’ todo esto de lo que te estamos hablando en las hermanas pobres, reza mucho más por nosotras, para que persigamos con ardiente anhelo el fin de la vocación que hemos abrazado. Que el Padre de las Misericordias nos inunde a todos en el Amor de su Hijo Jesús.