Un retablo de misericordias

Lo primero que quiero hacer antes de dar este testimonio es pediros perdón, por varios motivos: primeramente porque pienso que no estoy preparada para hablar de la infinita misericordia del Señor, aunque la experimento día a día en mi vida; en segundo lugar, porque creo que siempre me quedaría muy corta, por mucho que os dijera, pues creo que las palabras son insuficientes para mostrar un Corazón tan lleno de amor como el del Señor; y en tercer lugar, porque yo soy una persona con muchas pobrezas, muy tímida y muy parca en palabras, y a lo mejor esto me juega la mala pasada de no expresarme como la ocasión merece.

            Voy a presentarme un poquito para que os hagáis una pequeña idea de la pobre alma que os habla:

            Me formé en el seno de una familia de hondas raíces cristianas, donde se rezaba y se vivía en cristiano de verdad. Soy la cuarta de nueve hermanos, y por la misericordia de Dios he tenido unos padres que se amaron, nos amaron y nos enseñaron el amor.

            Estudié en un colegio de monjas y recibí una esmerada educación por parte de mi familia. He formado parte de grupos de jóvenes en mi parroquia y he sido catequista.

            Desde pequeña desarrollé un carácter dulce y fuerte a la vez, con cierta agresividad y autoritarismo, y un amor propio algo fuera de lo corriente. Me gustaba muchísimo sentirme libre en todos los aspectos, y en las amistades valoraba mucho la lealtad.

            Siempre fue muy importante para mí la figura de mi padre, pues le quería entrañablemente. Esto lo digo porque es esencial a la hora de entender su papel como figura de la misericordia.

            Para no alargarme más y no aburriros con más detalles personales, debo deciros que en mi historia de amor con el Señor no puedo dejar de entremezclar la vivencia clarísima de la entrañable e infinita misericordia de Dios. Siempre lo digo: yo me siento como un retablo de misericordias. Coja por donde coja mi vida, no hallo en ella más que la insistente y amorosa llamada del Señor a mi puerta, y mi constante negativa a querer escucharle. Pero no contaba yo con que su misericordia es eterna, paciente y derrochadora, y al final venció el AMOR.

            Pues bien, esta es mi historia: con diecisiete años abandoné la casa de mis padres, y con ello todo lo que hasta entonces había vivido. Y empecé a derrochar la vida.

            Conocí gentes y ambientes de todo tipo que me fueron llevando por cañadas realmente oscuras. Pero, aunque estaba lejos de Dios en todos los sentidos, seguía notando su mano que misteriosamente me guardaba y me cuidaba. Él estaba siempre ahí. Es verdad que esta gente que conocí tenía muchas cosas negativas, pero también tenían cosas positivas y aprendí ciertamente mucho de ellos. También aprendí a valorar más todo lo que en aquellos momentos me faltaba. Sobre todo el amor de mis padres y la experiencia que yo conocía de tener una familia formidable.

            Como decía, los ambientes en que viví durante casi dos años no eran precisamente lo más selecto de la sociedad. Había de todo… ¡de todo!

            Yo sentía como una especie de revolución interior, pero no era feliz. Es verdad que era ‘libre’, que hacía lo que quería, y que vivía como quería, pero no era feliz. A pesar de estar rodeada de mucha gente y de muchas cosas, sentía mucho vacío interior y mucha soledad. Había algo, o Alguien, que no me dejaba parar. Pero yo no era consciente, o más bien no quería serlo.

            En todos los líos en los que me metía, seguía notando que no los vivía totalmente, que estaba de alguna manera ausente, que había siempre esa mano misteriosa que cuidaba de mí.

            Esa presencia y a la vez ausencia continua del Señor iba minando mi conciencia y revolviéndola de tal forma que tiró por tierra todas mis revoluciones, todos mis locos sueños y todas mis inmaduras resoluciones.

            Mi vida así no tenía rumbo fijo, ni meta, ni sentido. Mi corazón quería y buscaba albo, pero estaba sin luz.

            Y, haciendo honor a la verdad, es aquí donde aparece la figura del Padre Misericordioso, que en este caso fue la de mi propio padre. Durante estos casi dos años que yo permanecí alejada de mi casa, mi padre siempre procuró tener encuentros conmigo, demostrándome un amor incondicional, sin un reproche, con toda la paciencia del mundo y su amor demostrado de mil maneras, intentando hacerme recapacitar con sus buenas y dulces palabras, no endureciendo su corazón hacia mí, sino mostrándome siempre una dulzura que yo no merecía. Recuerdo que sus ojos miraban los míos y me hablaban en ese lenguaje de simples miradas, a veces tan elocuente, y me decía en cada encuentro: “Hija, yo sigo esperando: cuando quieras, puedes volver”. Es decir, que yo sabía perfectamente que tenía la puerta abierta, y si acaso no estuviera abierta, al menos tenía quien la iba a abrir y me iba a recibir con los brazos abiertos.

            Y llegó el momento de la gracia. Yo misma no sé muy bien ni cómo ni por qué. Tiré el amor propio que me roía continuamente y que no me dejaba vivir y -qué duda cabe- inspirada por una gracia muy grande de Dios, con la ayuda de mi padre, tomé la decisión de regresar a casa. Os digo que esta decisión casi me costó una enfermedad, pero se cerró una puerta de oscuridad para abrir una puerta preciosa de luz, gozo y misericordia.

            Tras esta puerta abierta estaban también mi madre y mis hermanos, que me recibieron, como mi padre, sin un solo reproche, ni una sola palabra de resentimiento… Como si sólo hubiera estado una hora fuera de casa.

            Y fui cambiando. Era yo misma, pero ahora sostenida por la mano de Dios. Por pura misericordia, porque así lo quiso Él, fue sacándome del cieno profundo y me fue llevando por senderos preciosos donde iba descubriendo todo su amor inexplicable y siempre sorprendente para conmigo.

            Poco a poco me fui instalando en mi vida anterior, pero viendo las cosas y viviéndolas desde todo lo negativo y positivo que había vivido en los casi dos años que estuve fuera de mi casa.

            Volví a la parroquia, a estudiar, a salir con un chico formal, a ver a la gente de antes, jóvenes sanos y buenos.

            Y algo más: que el Señor, como queriendo demostrar la alegría visiblemente en la familia, la aumentó con un nuevo miembro. Nació mi hermana pequeña y se le puso el nombre de Leticia, que significa alegría.

            Para no alargarme más, sólo quiero decir que, a pesar de haber tenido la dura experiencia del pecado, de la humillación del pecado, precisamente este dolor es el que me ha acercado más al conocimiento del Corazón misericordioso del Señor. Casi podría decir: ¡Gracias, Señor, porque mi humillación, mis pecados me han servido para conocerte y para enamorarme de Ti! ¡Gracias, Señor, porque me quieres, a pesar de todo! Gracias, Señor, porque me esperaste pacientemente para recibir mi vida, que ahora estoy intentando darte, aunque es verdad que no te doy nada, pues simplemente te entrego lo que es tuyo. ¡Señor, Tú lo sabes todo: Tú sabes que te quiero!