Desde que se abrió la puerta …

de misericordia el pasado 27 de diciembre en la iglesia de nuestro monasterio, hemos recibido gracia tras gracia. Con el deseo de corresponder al regalo que nos había hecho nuestro obispo D. Carlos, empezamos a organizar unas jornadas de misericordia, en las que se ofreciera a todo el que quisiera la posibilidad de recibir una catequesis sobre la misericordia, de acercarse al sacramento del perdón, de compartir la experiencia del amor de Dios…

Durante estos meses hemos tenido además el privilegio de contar con la presencia de “Nuestra Señora de la Misericordia”, patrona de este pueblo de Cantalapiedra; no dudamos que ha sido su dedicación maternal la que ha atraído a sus hijos a la casa del Padre y hemos podido palpar su intercesión especialmente en los rosarios que hemos rezado a sus pies. Aunque es difícil señalar un momento significativo este Año Jubilar – ya que cada día está siendo único e importante – creo que uno de los que más me han ayudado- ha sido la jornada de 24 horas para el Señor que convocó el papa Francisco el mes pasado.
Deseando unirnos al Santo Padre y a toda la Iglesia, desde la tarde del viernes 4 de marzo tuvimos 24 horas ininterrumpidas de adoración al Santísimo en nuestra iglesia conventual. ¡Qué alegría ver que el Señor estuvo acompañado en todo momento, tanto por el día como por la noche! Oía cómo la gente se acercaba al confesonario de madera que hay junto a la puerta. De repente me vinieron a la memoria todas las veces que tuve que limpiarlo el año que me tocó ayudar a la hermana sacristana en el mantenimiento de la iglesia. Siempre que iba a quitarle el polvo, le pedía al Señor que atrajera a las almas hacía Él para que allí pudieran encontrarse con su misericordia… El Corazón de Jesús me daba el deseo de que así fuera, y quería pedirlo con fe, pero reconozco que dudaba de que tuviera sentido dedicar tanto tiempo a limpiar algo “sabiendo” que nadie lo iba a utilizar. Me costaba mucho no hacer esto con rutina e incluso desgana, pero en esos momentos intentaba recordar que para Dios nada hay imposible y que, si algún día alguien acudía a ese confesonario, yo quería que lo encontraran reluciente, tanto el sacerdote, que iba a hacer las veces de Cristo mismo por la gracia del sacramento; como el penitente, que en ese lugar recibiría el abrazo misericordioso de Dios Padre.

Todo esto, que puede parecer a simple vista un poco absurdo, fue lo que estuve pensando aquella tarde de adoración. Tuve que reconocer ante el Señor que, si en esas largas mañanas de limpieza de la iglesia, alguien se me hubiera acercado a decirme: “no te preocupes; dentro de poco verás realizado lo que deseas y mucho más”, no le habría creído. Acto seguido resonaron en mi corazón unas palabras de san José María Escrivá, como si Jesús me las dirigiese a mí en ese momento: “SOÑAD, Y OS QUEDARÉIS CORTOS”. ¡No podría explicar el consuelo que supuso aquello para mí….!
Probablemente estas personas que vinieron a ganar la indulgencia a nuestro monasterio no sabrán, hasta que lleguemos al cielo, el bien tan grande que el Señor me hizo por su medio… pero no quisiera dejar pasar esta oportunidad sin dar gracias a Dios por ellos: si no se hubieran acercado a confesar, tal vez no me habría dado cuenta de mi falta de confianza en su misericordia y no habría podido acoger esa invitación de Jesús a dejarme hacer por su amor entrañable, siendo con mis hermanas, “Misericordiosas como el Padre”.