“Dad gracias al Señor …

… porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.
Quizá esta frase resuma lo que está siendo para mí este año: comprobar una y otra vez, que Dios es bueno, que nos ama, que su misericordia no tiene fin, que antes me cansaré yo de acudir a la fuente de su misericordia, que es su Corazón traspasado, que Él de perdonarme.
Tal vez lo que está sucediendo en nuestro monasterio (por tener el privilegio de habérsele concedido puerta santa), o lo que está viviendo toda la Iglesia con motivo de este año jubilar, sea algo que no se pueda leer en la prensa o escuchar en las noticias, pero sí se puede oír en la alegría que rebosa del corazón de cientos de personas, que tras años de sufrimiento, de rebeldía, de sentir un peso sobre las espaldas cada vez más insoportable, han vuelto a encontrar la paz que tanto anhelaban.
Solo puedo decir una cosa: ¡Esto merece la pena! ¡La misericordia de Dios es una verdadera fiesta a la que –tanto tú como yo- estamos invitados!
En estos meses, he podido comprobar con mis propios ojos, cómo han venido a nuestro monasterio personas abatidas por el cansancio de la vida, vencidas por la rabia que sentían ante el desconcierto que provoca en nosotros muchas veces el sufrimiento, jóvenes decepcionados …

Y ha sido venir aquí, encontrarse con el Señor (que una y otra vez sale a nuestro encuentro) y recibir la gracia de poder meter la mano en el costado abierto de Cristo, y hallar la respuesta a las innumerables preguntas que llevaban dentro. ¿Cómo? En una plática que al escucharla han encontrado la luz que buscaban; en una palabra de aliento que algún sacerdote o alguna hermana le han dado para recobrar la confianza en uno mismo; escuchando testimonios impactantes de gente como nosotros que al conocer al Señor y experimentar su misericordia han dado un cambio de 180º; en el sacramento del perdón, al que no acudían desde su más tierna infancia, donde se han visto del todo sanados, amados y perdonados; adorando al Señor en la eucaristía o en alguna vigilia de oración; a través de la música… y cómo no, dejándose abrazar por los brazos maternales de nuestra madre, la Virgen de la Misericordia, que, tras cada avemaría del rezo del Rosario uno comprueba que no hay amor más verdadero ni un regalo mejor que a los hijos da el Señor, que esta madre, que nunca se cansa de esperarnos.
Dios está haciendo obras grandes en nosotros; solo tienes que dejarle entrar, solo tienes que querer… Si te encuentras abatido, si piensas que tu vida no tiene sentido, si no sabes dar rumbo a tus pasos… no te lo pienses más: Ven, que Él te está esperando. Si darías lo que fuera por empezar de nuevo… este es tu sitio. Si tu gozo es la misericordia y quieres cantar la bondad del Señor…no dudes en venir. Solo Dios puede llenar por completo el corazón del hombre.
Él quiere hacer milagros contigo; ven y cuéntaselo a los demás para que todos puedan beneficiarse de este don gratuito e inmerecido que es la misericordia del Señor. Yo lo he visto y doy testimonio de que su misericordia no tiene límites, que me ha cambiado la vida y me ha hecho inmensamente feliz.
El Señor está a la puerta de tu corazón, te llama y te dice: “Confía en Mí. Dame una oportunidad, y cambiaré tu vida”.
Que este año de la misericordia sea para nosotros un dejar pasar a Jesús que quiere entrar en nuestra vida. Él lo está deseando, solo tienes que abrirle. ¿Qué respondes? Si confías, verás el poder de su Corazón.