Me pidieron que …

diera un pequeño testimonio de cómo vivo el Año de la Misericordia y cómo estoy viviendo, desde la clausura, las actividades, jornadas, rosarios… que celebramos y,… para mi sorpresa, al sentarme frente al folio en blanco, no sé qué decir. Me parece que no hay palabras en el mundo (o, por lo menos, yo no las encuentro) para expresar lo que el Señor nos está regalando en este año.

Uno podría pensar que, al entrar en el Monasterio, las monjas se aparatan del mundo y se dedican a rezar por todos pero siempre “desde fuera”. Y aunque, hasta cierto punto, creo que es verdad, estoy descubriendo que esta es una verdad a medias. La mejor experiencia que el Señor me ha regalado ha sido la de comprobar que estamos en el mundo, junto a nuestros hermanos, porque lo que a todos nos da la vida es el río de gracias que brota del Costado abierto de Cristo, de su Corazón traspasado por amor a nosotros, y este río es su Misericordia. Yo decidí entrar en el Convento porque descubrí que mi vida solo tendría sentido derramada a los pies del Señor, y en este año me admiro al descubrir que eso es así para todos, lo sepan o no.

No tenemos todos la misma vocación, ni es el mismo el camino por el que cada uno debe llegar a Dios, pero lo que sí es cierto es que solo Él puede llenar una vida. Ahora que la sociedad está tan perdida, que lo que parece mover el mundo es el afán de poder, de poseer, de éxito logrado pasando por encima de los demás… Me impresiona ver cómo cientos de personas han ido viniendo a nuestra iglesia a postrarte ante la Custodia, a reconciliarse con un Dios que tenían olvidado o abandonado. Y cuánta gente ha llamado o se ha despedido llorando, dando gracias porque solo por un rato de silencio, por una oración, por una vela encendida a los pies del Señor, se han vuelto a sentir infinitamente amados y perdonados. Yo me enamoré de Jesucristo al descubrir que Dios, el creador del universo entero, me había creado con ilusión, que cada día me llamaba a vivirlo con Él porque tenía grandes planes para mí, porque espera algo grande de mí, porque está en mi mano (la de su pobre criatura) el hacerle feliz a Él que, como Dios, es feliz en sí mismo… Y viendo a tanta gente acudir a Él, me asombro y admiro de cómo Él llama, de cómo ama infinitamente a todos y a cada uno, que les espera… Y no de forma general, sino a cada uno en particular.

Lo que creo que destacaría de este año, es la maravilla de ver milagros cada día: que nosotras y todo el que se acerca con fe, empieza cada día una vida nueva, con una fe, una alegría, una esperanza, una ilusión nuevas, porque hemos dado un poco más de espacio al Señor en nuestro corazón, y Él lo llena todo con su amor y con su gracia.

En este año, lo que rebosa en mi corazón es el agradecimiento porque vuelvo a descubrir en mí y en todos, que el Señor es bueno, que es eterna su misericordia.