Jubileo de las Familias

Parece increíble, pero han pasado ya seis meses desde que se abrió la puerta santa en nuestro monasterio. Al llegar al ecuador de este año jubilar y echar la vista atrás, no podemos sino dar gracias a Dios por todas las bendiciones que ya ha derramado en nuestra comunidad y en todas las personas que han venido hasta aquí, atraídas por el amor del Corazón de Cristo.

Son muchos los que en estos meses han respondido a la invitación del Señor “el que tenga sed, que venga a Mí y beba”; Y si todos estamos llamados a tener esta experiencia en este año, ¿Cómo no compartir esta alegría también con los que nos son más cercanos y queridos?

Por eso, el pasado 23 de noviembre, víspera de la solemnidad de Cristo Rey, celebramos una jornada especial dedicada a la consagración de las familias al Corazón de Jesús. Además de compartir el gozo del año jubilar y tener la oportunidad de dedicar un día entero a contemplar juntos el amor de Dios, era nuestra intención corresponder a un deseo que el mismo Señor manifestó a santa Margarita María de Alacoque: estar en el centro de la vida de los hogares cristianos y poder así bendecirlos de una manera especial.

Fue un día precioso, en el que hubo tiempo para todo. Tuvimos el privilegio de contar con la presencia y el testimonio de Rejina María y su familia. Con una gran sencillez y confianza compartió con todos nosotros cómo había vivido la fe desde niña. Nacida en la India, sus padres se habían convertido al catolicismo tras haber conocido al Corazón de Jesús por medio de unos misioneros. Al casarse fueron a vivir a la casa de sus abuelos paternos, donde todos practicaban el hinduismo. Tuvieron entonces que vivir su fe a escondidas. Rejina nos contaba cómo, cuando todos dormían, sus padres sacaban de un cajón la imagen del Sagrado Corazón y juntos rezaban. Su abuelo un día lo descubrió y les obligó a abandonar a “ese Dios extranjero” a costa de tener que marcharse de allí. Ellos, dándose cuenta de que no podrían vivir en una casa donde el Señor no estuviera, prefirieron ponerse en Sus manos y salieron de allí confiados en que Él les cuidaría. Así fue, aunque tuvieron que seguir enfrentándose a numerosas dificultades y a la discriminación por su fe. Rejina, en medio de ese sufrimiento, se sentía muy afortunada porque a ella, sin merecerlo, se le había revelado el Dios verdadero. El deseo de poder vivir su fe, la trajo a terminar sus estudios en España, pues había oído que esta es “tierra de María y de santa Teresa de Jesús”. Se imaginaba que nuestro país debía ser la antesala del cielo pues, ¿Qué podría esperarse de un lugar en el que la gran mayoría son cristianos? Nos habló de su sorpresa al encontrarse con unas catedrales inmensas en las que apenas asistía gente a Misa, “Si en todos los pueblos hay una iglesia y además las han hecho tan grandes, será porque son muchos los que vienen, ¿Cómo es que están vacías?”  Una pregunta lógica para alguien que tenía que hacer cuatro horas de viaje, sin que se supiera, para poder celebrar los sacramentos. “¡Tienen a Jesús en la Eucaristía y no van a verle ni le comulgan!”; pero sus palabras no eran de juicio ni de queja, solo salía de ella agradecimiento al Corazón de Jesús, que le ha enseñado que Dios es amor y que constantemente ha cuidado de su familia. “En mi vida todo ha sido milagro”, nos decía. Agradecemos inmensamente el esfuerzo que ella, su marido Richard y sus cinco niños hicieron para venir a este encuentro desde Barcelona, donde actualmente residen. Su testimonio nos impresionó mucho y nos hizo cuestionarnos si no nos habremos acostumbrado a lo sobrenatural y ya no valoramos ni nos asombramos de que Jesús está vivo, y tiene un Corazón deseoso de amarnos y de que correspondamos a este amor. A Él le afecta nuestra vida, y no le es indiferente nuestra respuesta.

Después de escucharla, nos fuimos a capilla donde D. Javier Merino López, sacerdote de la diócesis de Getafe y familiar de una de las hermanas de la comunidad, dirigió un tiempo de oración ante Jesús expuesto en la custodia. A través del Evangelio del lavatorio de los pies nos ayudó a contemplar cómo el Señor está y nos ama en la Eucaristía. Pudimos descansar en su Corazón, dejarnos limpiar por Él y acoger su invitación a imitarle y aprender así a entregarnos a los demás cómo Él ha hecho y hace con nosotros; y nos llenó de esperanza saber que esto podemos hacerlo siempre, cada día, en la vida sacramental de nuestra familia. Si recibimos a Jesús, experimentaremos cómo Él carga con nuestros cansancios, sana nuestras heridas y nos da la gracia de amar a todos tal y como son.

Terminamos con la bendición con el Santísimos y volvimos a encontrarnos en el locutorio, donde Helena Marcos Martín, superiora de la comunidad de las Apóstoles de los Corazones de Jesús y de María (ACIM) nos impartió una charla introductoria explicando en qué consiste la Consagración de las familias al Corazón de Jesús y su importancia como respuesta en el combate contra el mal y los problemas de nuestra sociedad actual, como así lo han afirmado los papas en las últimas décadas.

Tras una mañana intensa, los que quisieron pudieron compartir una fraterna comida en un restaurante del pueblo, donde nos consta que las familias disfrutaron mucho al poder conocerse más entre ellas e intercambiar experiencias. Acabada la sobremesa, acudieron de nuevo al monasterio para ver la proyección del audiovisual que hemos preparado con motivo del centenario de la fundación. Recordando la historia de nuestra comunidad solo podemos decir que vale la pena fiarse del amor de Dios y que en Él queremos confiar siempre.

A continuación asistimos a una segunda charla, esta vez impartida por el padre Javier, en la que pudimos adentrarnos más en la esencia de la consagración al Corazón de Jesús y lo que esta implica. Si fuimos consagrados templos de la Trinidad e hijos de Dios en el bautismo, todas las demás consagraciones personales son profundización en ella y su actualización. Habiendo experimentado el amor del Señor, nos hacemos conscientes de ello en nuestra vida y libremente elegimos corresponder con todo lo que somos y tenemos. Para ayudarnos a comprenderlo mejor, D. Javier nos invitó a rezar juntos el “Jesusito de mi vida”, oración que compendia maravillosamente esta realidad: Jesusito de mi vida, eres niño / hombre como yo (me doy cuenta de que el mismo Dios ha querido tener un Corazón de carne para amarme, comprenderme y participar de todo lo mío) por eso te quiero tanto y te doy mi corazón, tómalo, tuyo es, mío no. (Perfecto resumen de en qué consiste la consagración) Sabiendo que todo lo hemos recibido del Señor, se lo restituimos, entregándonos a Él por entero; y esto especialmente en la vida de familia, en nuestro día a día, aprendiendo a repetir con Jesús: A mí nadie me quita la vida, soy Yo quien la entrega libremente (Jn 10, 18) Entonces Él toma un lugar importante en mi hogar, entablamos una relación de mayor intimidad y amistad. Puedo conocer mejor al Señor y experimentar que ya no sufro ni gozo solo, que a su lado todo tiene un sentido nuevo.

Acabada la charla, pudimos compartir entre todos las experiencias vividas en este día, con un breve diálogo en el locutorio. Después nos dispusimos a celebrar la Santa Misa, con la liturgia de la Solemnidad de Cristo Rey, fiesta inmejorable para pedirle al Señor que sea el centro de nuestras vidas. Las familias que querían hacer la consagración, presentaron en el momento del ofertorio unas tablas que habíamos preparado con la imagen del Corazón de Jesús, para que, al regresar a casa, pudieran entronizarla en sus hogares como una expresión y recordatorio elocuente de la entrega que en este día hacían. Al final de la celebración de la Eucaristía, justo después de la Comunión, D. Javier fue llamando a cada familia. Mientras les daba la mencionada tabla rezaba la jaculatoria: “Sagrado Corazón de Jesús”; y todos a una respondían: “En  Ti confiamos”, al tiempo que besaban la imagen. Fue realmente entrañable ver a tanta gente acoger, como un día hizo Zaqueo, a Jesús en su casa. Desde matrimonios que ya habían celebrado sus bodas de oro, hasta niños que se acercaban allí en brazos de sus padres, porque aún eran demasiado pequeños para hacerlo por su propio pie… Juntos rendían, con ese afectuoso gesto, homenaje y todo su cariño a ese Rey de Amor, que en adelante ya no podrá alejarse de su vida familiar. Cuando ya todos habían recogido las tablas, rezamos a una voz la oración de Consagración. Y como el único camino para ir a Jesús es a través de su Madre, María, terminamos la celebración de la Eucaristía cantando la Salve y pusimos así también fin a esta jornada tan especial.

Ha sido un auténtico regalo poder vivir este jubileo; agradecemos sinceramente a todos los que nos han ayudado a llevarlo a llevarlo a cabo y confiamos en que haya sido una alegría para el Corazón de Cristo; que Él sea siempre amado por todos.