Así se hizo… nuestro Monasterio

Un deseo del Sagrado Corazón de Jesús

Estas palabras que el Sagrado Corazón de Jesús dirigió a nuestra madre María Amparo recogen el ímpetu del anhelo del Señor por encontrar corazones que se dejen amar por Él, y que confíen plenamente en ese Corazón que, como Él mismo manifestó a santa Margarita María de Alacoque: “tanto ha amado a los hombres, y en reconocimiento no ha recibido de la mayoría más que ingratitud”. Su Amor ilimitado e incondicional por nosotros es como un embalse cuyas aguas no pueden derramarse sobre la tierra seca y árida del mundo, porque el desamor y la desconfianza de los hombres le hacen de presa, impidiéndole mostrar la inmensa ternura de su amor. Por eso, a lo largo de toda la historia, Él va buscando corazones pequeños y sencillos en los que poder descansar, sabiendo que en ellos y a través de ellos puede dejar que se desborde ese torrente de amor que brotó de su Corazón traspasado en la Cruz, y que seguirá manando hasta el final de los tiempos.

            Para hacer realidad este anhelo de su Corazón, el Señor iba a servirse una vez más de la libre respuesta de un alma, tan solo una niña, que fuese el instrumento pobre y débil para su obra de Amor. Tan solo diez años de edad tenía la pequeña María Amparo cuando, el 11 de noviembre de 1899, nuestro Señor le confío el deseo de su Corazón:

“Otro día, estando también delante del Santísimo Sacramento, pidiéndole con todo el ardor de mi alma que me hiciera santa para amarle cuanto deseaba, me pareció entenderle que me haría santa cuando yo cumpliera perfectamente su santa voluntad; y como si quisiera mostrarme parte de ella, me pareció ver una cosa bien incomprensible entonces para mí.

Era una casa semejante a un Convento, pero estaba fundado sobre un río de gracias… Me pareció ver cómo llegaban las almas en figura de paloma a apagar la sed de perfección que el Señor ponía en aquellas sus predilectas, pero no bebían en el río sobre el que estaba edificada la casa, sino en el mismo Corazón de Jesús que las acogía con amor entrañable.

No sabía qué pensar ni qué entender de esta visión que tan honda impresión me estaba haciendo, cuando la bondad de mi Jesús me hizo notar una muchedumbre que me rodeaba; las que estaban más cerca eran religiosas que vestían el mismo hábito que tenemos ahora nosotras, después había religiosos y religiosas de diferentes hábitos, sacerdotes y muchas personas seglares. Me pareció que Jesús me decía: “Tú serás la madre casta de esta generación también casta”. Y aunque por entonces no me dijo cómo había de realizarse aquello, me lo reveló después de algún tiempo. […]

No quiso el Señor que discurriera sobre el particular, y no me fue muy difícil, pues como mi inteligencia era tan grosera y poco espiritual, me pareció un laberinto incomprensible, por lo que en muchas ocasiones lo deseché como distracción o tentación. Sin embargo, algunas veces se me acordaba aquella casa tan bella, donde Dios parecía descansar tan a su gusto; y unas veces me parecía el desierto aquel misterioso del Corazón de Jesús, otras un nido silencioso y todo de amor, otras un lugar de descanso donde los enemigos todos eran vencidos y anegados por las avenidas de gracia que corrían por aquel río.”

            Los caminos de Dios

            Muchos años tendrían que pasar antes de que este deseo del Corazón de Jesús se hiciese realidad, durante los cuales Dios iría preparando el alma de María Amparo para la misión que le estaba destinada. Y como los caminos de Dios no son nuestros caminos, ésta habría de recorrer una senda nada fácil, ni exenta de sufrimientos. Buscando la voluntad de Dios, María Amparo dejaría su villa natal de Cantalapiedra para ingresar en el Monasterio Cisterciense Santa María la Real, de Arévalo (Ávila), del que, con gran dolor de su corazón tendría que salir cinco meses después, gravemente enferma. Posteriormente, con veintitrés años de edad, ingresaría en el Monasterio del Corpus Christi de Salamanca, de Hermanas Clarisas, en el que emitiría su profesión de votos solemnes el 22 de noviembre de 1917.

Aquí nuestro Señor le iría dando cada vez más luz acerca de esa casita que tanto deseaba para descanso y recreo de su Corazón, y la Divina Providencia pondría en su camino al Padre Juan González Arintero, o.p., que sería una ayuda inestimable para la fundación del monasterio, junto con D. Ambrosio Morales Manzano, párroco de la villa de Cantalapiedra.

           Durante estos años en el monasterio del Corpus Christi, se unirían a sor María Amparo las primeras hermanas que junto con ella dejarían aquella comunidad para fundar un nuevo monasterio en Cantalapiedra: sor María Patrocinio y sor María Francisca. A los ojos de muchos, la idea de la fundación era totalmente descabellada, por un lado debido a la situación del país, en el que parecía que ya sobraban muchos conventos, y por otro lado dada la pobreza extrema de medios con que contaban, tanto económicos como personales, ya que las tres religiosas que la iban a realizar (una de ellas era hermana lega, y la otra todavía era novicia) eran jóvenes sencillas, sin formación, y sor María Amparo además estaba siempre enferma. Así, el Señor Obispo de Salamanca, preocupado, interrogaba al padre Arintero:

  • Padre Arintero, a ver con qué elementos vamos a hacer la fundación…
    • Con los que tenemos, señor Obispo: sor Amparo, la leguita y la novicia.
    • Con sor Amparo no tenemos más que media monja enferma. Además, es demasiado joven.
    • De ese defecto yo respondo que se ha de corregir cada día.

            Sor María Amparo no ignoraba las dificultades existentes y la oposición de algunos, pero por encima de todo se fiaba de la palabra del Corazón de Jesús, que le prometía su ayuda y protección:

“No haces tú la fundación, sino Yo;

no es obra de criaturas, sino mía”.

Y ella misma confesaba: “Cuando penetraba en mi interior, donde Dios estaba, todo me parecía fácil y posible, pero cuando reflexionaba a mi manera, todo lo dudaba y todo me parecía imposible”.

            Y así sería por intervención de la providencia divina que se encontraron los medios materiales para realizar la fundación; medios de los que, a solo unos meses de la misma, aun no se disponía. Como Madre María Amparo cuenta en su autobiografía: “En el año 1919 aún estaba sin solucionar una dificultad de capital importancia, pero la Santísima Virgen, mi Madre querida, lo arregló todo. Me refiero a los medios materiales para la fundación. Lo digo a mayor gloria de Dios y como favor de la Santísima Virgen. Ella es la verdadera fundadora de nuestra humilde casita, la que venció todos los obstáculos, algunos humanamente insuperables. Ella venció al enemigo en tantas acometidas como tuvimos que sufrir, y por Ella nos vinieron y nos vienen todas las bendiciones que recibimos del Cielo.”

            Sin buscarlo el Padre Arintero ni sor María Amparo, por un lado varias personas reciben del Cielo la inspiración de colaborar económicamente en la fundación del nuevo monasterio, y por otro lado, el dueño de la casita que Nuestro Señor le había indicado a ella como futura cuna de la comunidad, y que aquél acababa de adquirir, decidió cedérsela por el mismo precio que a él le había costado, movido por el solo hecho de que sería convertida en un convento. 

            Así, iniciados formalmente los trámites de la fundación, y superados muchos obstáculos, finalmente amaneció el día gozoso del 17 de enero de 1920, en el que llegaban al Monasterio del Corpus Christi, de mano del padre Arintero, las licencias de la Santa Sede aprobando la fundación.

            Fundación del Monasterio

            El señor Obispo señaló como día para salir a la nueva fundación el 31 de mayo de ese año 1920, lo cual alegró mucho a las tres fundadoras, por tratarse de una fiesta de la santísima Virgen, a la que considerarían siempre verdadera fundadora y prelada perpetua de la comunidad. Durante las últimas semanas, las tres religiosas se reunían a determinadas horas para alentarse mutuamente a la aventura que iban a iniciar, para preparar su modesto equipaje, e incluso para aprender a leer un poco mejor el latín, indispensable entonces para el rezo litúrgico. También aprovechaban para hacer novenas al Sagrado Corazón, a María Auxiliadora y a algunos santos, para que se solucionasen todas la trabas y pudiesen realizar la obra lo más conforme posible a la voluntad de Dios.

 “Tengo una firme confianza en Dios,

fundada en la experiencia que tengo

de que jamás falta el Señor a lo que promete…

Por esto he resuelto no poner límites a mi confianza.”

(Madre María Amparo, víspera de la fundación)

            Llegado el día 31 de mayo, hacia las dos de tarde, dejaban el monasterio del Corpus Christi las tres religiosas, junto con el Padre Arintero, Don Ambrosio Morales, y una joven que en ese momento se unía como postulante a la incipiente comunidad, y tomaban el tren que les? llevaría a Cantalapiedra. Lo primero que hicieron al llegar a la villa hacia las tres de la tarde fue dirigirse a la ermita de Nuestra Señora de la Misericordia, donde se consagraron todos a la santísima Virgen y le consagraron también la naciente fundación. Desde allí fueron a la iglesia parroquial, donde rezaron el Te Deum en acción de gracias, y pidieron especialmente por todos los que se habían opuesto a la obra. Y a continuación se dirigieron a la humilde casita de la plaza, situada frente a la misma parroquia, que era ya desde ese momento el monasterio del Sagrado Corazón de Jesús.

            Ese mismo día se bendijo la casa. Al día siguiente, muy temprano, Don Ambrosio bendijo la capilla, pequeñísima y pobre, y celebró el Padre Arintero la primera misa. Y por fin, el día 3 de junio era establecida la clausura, y quedaban las religiosas en su amada soledad.          

            Primeros años de la comunidad y traslado al monasterio actual

            La Casita de la plaza, como cariñosamente la llamarían siempre las hermanas, aunque reunía en pequeño buenas condiciones para ser habitada, estaba bendecida con toda la pobreza que nuestros padres san Francisco y santa Clara desearían para sus hijas. Era tal la escasez con que comenzaban, que antes de ir a la fundación hubieron de pedir por varios conventos algunos breviarios con los que rezar la Liturgia, un Misal, un ejemplar de la Regla, e incluso algún hábito. Estos, además, encogieron, y las religiosas tenían que encoger los brazos para que las mangas llegaran al menos a cubrir las muñecas. Una brocha y un bote de conservas fue el primer calderillo para asperjar por la casa el agua bendita antes de retirarse a descansar. A la hora de las comidas, la tapa de un cajón servía de bandeja, y pronto se vieron obligadas a comer en dos turnos, pues no disponían de platos suficientes para comer todas a la vez. El coro era tan pequeño que con dificultad cabían siete personas, y en el momento de la comunión unas hermanas tenían que esperar fuera hasta que comulgasen las primeras.

“Yo te daré abundancia de leche y miel, para que alimentes a mis escogidas.

Ellas crecerán y se multiplicarán, y me glorificarán eternamente.”

            Esta pobreza, que las religiosas abrazaban generosamente por puro amor de Dios, le daba al Señor la ocasión de mostrar la protección que su Sagrado Corazón le había prometido a nuestra madre María Amparo, sirviéndose para ello de la fe y humildad de sus hijas, como ella misma relata:

“Vivíamos en una pobreza extrema. No teníamos ni aun lo más necesario para el servicio de la Comunidad. Teníamos un puchero de barro en el que se cocían las comidas; como se usaba constantemente, se rompió en varios pedazos. Fue Magdalena muy compungida a decirme que se había roto el puchero y que no había otro donde poder cocer la comida. Se me ocurrió decirle: “Mire a ver, hija, si puede componerle”. Esta almita de Dios, sencilla, humilde y muy obediente, cogió los cascos, los juntó, los embadurnó por la parte externa de ajo y puso al fuego el puchero con la comida. Jesús misericordioso hizo que no se derramase y que se cociera convenientemente todo. Mas, al fregarle, se descompuso, quedando cada casco por su lado. Otra vez y más veces volvió la hermana a componerle, y otras tantas se desbarataba al fregarle, hasta que al fin se pudo comprar otro.”

            Lo que hacía posible vivir de esta manera era la caridad entre las hermanas, la unión que reinaba entre todas ellas y de cada una con la Madre. Este sería el principal distintivo de la comunidad, la nota característica de la vida en la Casita. Nuestra Madre María Amparo solía repetir a sus hijas la importancia del mandamiento del amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn ¿?). “Y si esto es lo que el Señor pide a sus discípulos, ¿qué no pedirá a sus esposas?”, añadía. A un padre que le dijo que quería demasiado a las hermanas, y se mostraba preocupado por parecerle que los extremos son siempre defectuosos, ella le contestó sin vacilar: “Padre, en esta casa los extremos en materia de caridad son necesarios.”

            Y así transcurrieron los primeros años de la fundación, y muy pronto la Casita quedó pequeña. En la alcoba donde al principio pensaron que podrían acomodarse hasta cinco hermanas, tuvieron que caber diez. Y cuando la comunidad contaba con dieciséis hermanas, resultó verdaderamente imposible admitir a las nuevas vocaciones que seguían llamando a la puerta. Se impuso así la necesidad de empezar la construcción de un nuevo monasterio, el cual, dada la extrema pobreza en la que aún se encontraba la comunidad, se edificó únicamente a precio de una infinita confianza en Dios, la cual hizo posible que se diera una “sucesión de milagros”: las facturas de las obras se iban pagando puntualmente, aunque sin dejar ni una peseta en la caja. Pero al llegar la siguiente factura, sin saber cómo, siempre encontraban en la caja el dinero necesario para pagar lo que se debía.

            Durante este periodo de tiempo, en 1928, fallecía santamente el padre Juan González Arintero, sin ver finalizado el nuevo monasterio, en cuya realización? trabajó duramente, como también el buen don Ambrosio, párroco de la villa.

            Las mismas hermanas ayudaban en la obra, y no solo con sus oraciones, sino también colaborando en lo que podían desde la Casita. Por ejemplo, pintaban allí las puertas del nuevo monasterio, que luego los obreros llevaban para colocarlas en su lugar. Por fin, en 1929 se trasladaban las hermanas a su nuevo hogar, que más tarde necesitaría sucesivas ampliaciones para albergar a las jóvenes vocaciones que seguían incorporándose a la comunidad.

            En el año 1935 fallecía también don Ambrosio Morales, capellán del monasterio y ayuda fiel para nuestra madre María Amparo. Y el 6 de julio de 1941, fallecía en olor de santidad nuestra querida madre María Amparo, dejando tras de sí una vida ejemplar de entrega confiada y amorosa al Sagrado Corazón de Jesús, así como una numerosa comunidad religiosa deseosa de seguir caminando en fidelidad a sus enseñanzas y de transmitirlas a las futuras generaciones. Sería una alegría inmensa para las hermanas de esta comunidad la apertura solemne en la iglesia conventual de sendos Procesos de Beatificación del padre Juan González Arintero y de nuestra madre María Amparo en 1977, así como el decreto de virtudes heróicas? de nuestra Venerable madre María Amparo firmado por san Juan Pablo II en 1994.